La historia de Cayetano Santos Godino, “El Petiso Orejudo”. Al nombre se lo dieron los editores de policiales de principios del siglo pasado, era un adolescente psicópata (en su acepción más popular) que conmocionó a la sociedad porteña.Fue capturado en diciembre de 1912, cuando tenía 16 años, y la Justicia lo encontró culpable del asesinato de tres chicos y el intento sobre ocho más. A una nena le prendió fuego al vestido de comunión, pero a los demás prefirió matarlos martillando clavos en sus cabezas. Cuentan que lo detuvieron en un velorio porque a un ingenioso detective se le ocurrió divulgar el asesinato de una de las víctimas sin aclarar cómo había muerto. Contrariado, Santos Godino no pudo contener su ansiedad y fue hasta el cajón para comprobar si realmente la cabeza del pequeño no tenía ninguno de los clavos que había utilizado. Apresado y juzgado –el proceso duró tres años- terminó su miserable vida en el Penal de Ushuaia. La voz en off del guía –a esa altura del recorrido ya casi no se lo ve porque la gente lo rodea para poder escuchar mejor- cuenta que acostumbraba a juntar miguitas de pan para darle a las gaviotas.El tierno gesto sólo tenía el propósito de atraer a las aves para, una vez en tierra,
“Predomina el elemento español o yugoslavo, que resiste bien el ambiente y sólo pide su separación cuando sus ahorros le permiten instalarse como comerciante o volver a la patria de origen”, dice undocumento oficial de la cárcel que difundió en 1935 el diputado Manuel Ramírez, uno de los pocos que reveló la realidad de esa prisión. Los guardias eran hombres duros, en algunos casos crueles, tan crueles como los métodos que usaban para mantener la disciplina interna.
Los castigos variaban, pero casi todos llevaban al preso al límite de la supervivencia. Los que cometían algún “error”, eran engrillados, mojados y encerrados durante varios días. A veces también echaban agua en el piso de las celdas.Pasar sólo un par de horas así, bajo una temperatura glacial en ese remoto lugar de la tierra, era difícil. Así que no cuesta mucho imaginar lo que debería haber sido soportar días y noches enteras bajo esas condiciones. Pero esto no era todo. “Provistos de cachiporras, confeccionadas con alambre trenzado y una bola de plomo en los extremos, los guardianes aplicaban bestiales palizas a los presos”, relata Manuel Ramírez en su informe.
En otro tramo de su investigación, explica: “El preso era sacado de su celda a medianoche y se le obligaba a desfilar entre dos hileras compactas de guardianes armados con cachiporras y palos”. Los que recibían estos castigos no eran sólo los presos por delitos comunes, sino también muchos “confinados” por algún motivo político durante el gobierno de José Félix Uriburu.
“El subalcalde Sampedro –cuenta en una carta enviada a Ramírez- ordenó que me pusieran todos los dedos de las manos en la prensa para que hablara y dijera qué personas estaban complicadas conmigo (…); así fui perdiendo todas las uñas de las manos en la prensa y viendo que no podían sacar ninguna declaración, mandó que se me pusieran de igual manera en los pies”. Hubo denuncias, acusaciones y algunos guardias recibieron penas menores.
El 21 de marzo de 1947, el Poder Ejecutivo nacional dispuso la clausura de la Cárcel de Ushuaia. Los presos que sobrevivieron fueron distribuidos en distintos establecimientos carcelarios. Los guardias volvieron a sus países o abrieron comercios en la ciudad. Las celdas, los grilletes y los muros de frías piedras se convirtieron en piezas de museo; el oprobio, en argumento para el relato del guía turístico

